martes, 11 de abril de 2017

LA PAULA de Ana María CAILLET BOIS

Cuando la Paula se dio cuenta de que le había llegado la hora fue a la iglesia, le pidió perdón a Dios bajo juramento, y  se tiró del campanario.
—¿Adónde irá ahora la Paula que le vendió el alma al diablo? —dijo la Sara, y agregó—: siempre fue una descarriada.
—Hay que buscar el cuerpo —dijo el cura párroco.
—Yo la vi volar —dijo un niño que estaba en la calle.
—No —dijeron las mujeres que estaban tejiendo acolchados para los pobres—, la Paula cayó en la arboleda que está detrás de la iglesia.
—Hay que buscarla —hablaron todos a coro...
—Formemos patrullas —dijo don Braulio, el viudo, que recién se enteraba de lo sucedido.
Se formaron las patrullas; el pueblo entero buscó en los techos, la copa de los árboles y todo lugar que pudiesen registrar, pero el cuerpo de la Paula se había esfumado.
La Paula, vivita y coleando, sentada en un cumulonimbus, una nube típica de tormenta, miraba a todo el pueblo que, convulsionado, seguía buscándola.
—Es imposible saltar —pensó la Paula y muy acongojada se preparó para ver su propio velorio.
Don Braulio y las hijas, cansados de buscar y de tanta habladuría, fueron a la funeraria y pusieron punto final al asunto.
—Preparen todo, se vela a cajón cerrado —dijo cortante el marido, tal vez viudo, don Braulio.
La casa velatoria estaba repleta de gente cuando la hija de la Sara comenzó a llorar con tanta angustia que contagió a los presentes, y también a la Paula que desde su nube miraba todo lo que ocurría y nunca pensó que la hija de la Sara la quisiera tanto.
Justo cuando partían para el camposanto se desató una tormenta tremenda, la lluvia levantó un muro transparente a través del cual era como si las personas se disolviesen y un viento arrollador arrastraba todo a su paso. La nube sobre la que estaba la Paula se deshizo en millones de gotas y ella se precipitó desde cinco mil metros de altura, quedando al lado del féretro, esta vez bien muerta.
Enorme fue la sorpresa de los deudos, pero ahora la cosa tenía el color (negro) de los servicios fúnebres que todos conocemos. El cortejo salió de la cochería, y como en el pueblo de la Paula el cementerio queda a pocos metros de cualquier parte, los familiares y vecinos decidieron cargar el ataúd sobre los hombros, bajo la lluvia que arreciaba. Pero lo hicieron con tan poca fortuna que todos empezaron a resbalar y cayeron de bruces sobre el lodo. La confusión y el susto, al verse atrapados por esa masa achocolatada y pegajosa, produjo que varios fueran víctimas de ataques cardíacos. Otras personas, en su afán de socorrer a los caídos, se fueron enterrando más y más en el fango y desaparecieron de la superficie de la tierra. No hubo una sola familia que no experimentara la pérdida de uno, dos o más parientes. ¡Un verdadero cataclismo! Los pocos habitantes que quedaron vivos, al contemplar la magnitud de la catástrofe, no soportaron tanto dolor y se fueron muriendo uno a uno.
Cuando la tormenta pasó, la única persona viva del pueblo era el cura párroco quien, desde el campanario, repetía la historia de la desaparición y caída de la Paula, y narraba entre sollozos la trágica muerte de toda la gente del pueblo. Nadie hubiera creído semejante cuento. Pero por suerte no había nadie escuchándolo.

jueves, 30 de marzo de 2017

EL ENTIERRO DE HENRI CHRISTOPHE de Alejo CARPENTIER

El gobernador entreabrió la hamaca para contemplar el rostro de Su Majestad. De una cuchillada cercenó uno de sus dedos meñiques, entregándolo a la reina, que lo guardó en el escote, sintiendo cómo descendía hasta su vientre, con fría retorcedura de gusano. Después, obedeciendo a una orden, los pajes colocaron el cadáver sobre el montón de argamasa, en el que empezó a hundirse lentamente, de espaldas, como halado por manos viscosas. El cadáver se había arqueado un poco en la subida, al haber sido recogido, tibio aún, por los servidores. Por ello desaparecieron primero su vientre y sus muslos. Los brazos y las botas siguieron flotando, como indecisos, en la grisura movediza de la mezcla. Luego solo quedó el rostro, soportado por el dosel del bicornio, atravesado de oreja a oreja. Temiendo que el mortero se endureciera sin haber sorbido totalmente la cabeza, el gobernador apoyó su mano en la frente del rey, para hundirla más pronto, con gesto de quien toma la temperatura a un enfermo. Por fin, se cerró la argamasa sobre los ojos de Henri Christophe, que proseguía, ahora, su lento viaje en descenso, en la entraña misma de una humedad que se iba haciendo menos envolvente. Al fin, el cadáver se detuvo, hecho uno con la piedra que lo apresaba. Después de haber escogido su propia muerte, Henri Christophe ignoraría la podredumbre de su carne confundida con la materia misma de la fortaleza, inscrita dentro de su arquitectura, integrada con su cuerpo haldado de contrafuerte. La Montaña del Gorro del Obispo, toda entera, se había transformado en le mausoleo del primer rey de Haití.

sábado, 18 de marzo de 2017

¡APOCALIPSIS YA! de Claudio ROJO CESCA

Te pasó a vos y me pasó a mí.
Había una luna, una canción y el vino.
El chiste de una topadora que nos hizo reír como nenes.
Camiones flotando en la tinta de una lapicera que habías usado para escribir dos poemas mientras yo me duchaba.
Todo ese cariño de tu madre, avinagrado
en un beso sin fondo, pisándome la garganta
resolviendo en el hervidero de tu lengua
que íbamos a tener que separarnos
antes de que la mañana encienda
la transparencia de las vidrieras.
Pero resulta que nunca amaneció.
Hubo una noche inexplicablemente infinita
inoculándonos a su tracto.
Se nos acababan el vino y las canciones.
Entonces, nos pusimos a cantar
desafinados y roncos
primero por nuestros amigos vivos
luego, por el nombre de nuestras escuelas.
Creo que intentamos un poema y de tu rodilla
tuvimos que desinflamar una visita púrpura
que latía como un corazón.
Al amor lo hicimos una vez (lo demás, según vos, fue "culiar")
El cuerpo es un elástico increíble, pensé en ese momento
¡las maravillas que soporta!
No sé si para el resto del mundo 
mi casa seguía siendo mi casa.
Hubo un principio de luz que nos hizo correr hacia afuera
pero aquello también era una mentira.
Me dijiste:
Algún día llegarán helicópteros que transporten soles sobre esta selva de farolas
y no importará más que hayamos tenido secretos 
o amantes 
o muertos en el ropero.
Y nos volvimos a meter en la casa
porque la helada había empezado a congelarnos los pies.



domingo, 5 de marzo de 2017

EL TRAJE DE TERCIOPELO VERDE de Manuel MUJICA LÁINEZ

Seis meses después de la muerte de Salomón Bercov, la señora Talía, la dueña del cuartucho que el hombre ocupara durante veinte años, en una casa oscura, mugrienta y crujiente de la calle México, resolvió que había llegado el momento de deshacerse del baúl en el cual depositó las pertenencias del viejo. Nadie las había reclamado; era obvio que herederos no había; y el cofre inmemorial, arrinconado en un corredor, obstruía el paso y complicaba la vida de los huéspedes.
Un domingo de verano, luego de tropezar por vigésima vez, en la penumbra, con el maldito armatoste, y de golpearse ambas rodillas, la señora Talía pronunció palabras agraviantes para la presunta madre que pariera al baúl, y ordenó a su hijo que quitase inmediatamente de allí aquel monstruo. Ese vocablo, inmediatamente, que reiteró en tres ocasiones sucesivas con enriquecido vigor, retumbó en la galería y en la casa entera, teniendo por fondo y acompañamiento musical al bombo, los pitos y las vociferaciones más o menos rítmicas de una modesta comparsa que bailoteaba y brincaba bajo el sol cruel, en la calle México, y que se empeñaba en recordarles a los vecinos que el domingo en cuestión era el domingo de Carnaval. No necesitaban, en realidad, que se lo recordasen. Demasiado lo sabían, el obstinado reventar de bombitas llenas de agua, el trajinar de baldes y el culebreo peligroso de una manguera lo certificaban con plenitud. Porfirio, vástago quinceañero de la señora Talía, contribuía desde un cuarto de su casa al desigual combate. De allá lo arrancó la triple clarinada de la señora Talia, la cual miraba al baúl de Salomón Bercov como el cazador al jabalí tremendo. Inútiles resultaron las protestas del muchacho, quien adujo contra la tarea que le imponían al sacro carácter del domingo y el especialísimo del carnaval, además de subrayar que su participación en el duelo acuático era inseparable del prestigio de esa residencia, donde "siempre, siempre, desde que yo era chico, se había tomado parte en el juego". Al rato, el plañidero Porfirio larguirucho y dosificado, granujiento y rubión, empujaba y arrastraba por la escalera al baúl, rumbo al sótano.
Mientras lo hacía, calificaba a la madre de Salomón Bercov, empleando términos iguales a los que la señora Talía dedicara a la supuesta engendradora de su baúl.
Los trastos se apretujaban y superponían en la catacumba donde terminaban los escalones, de suerte que, a la débil luz de una lamparilla amarillenta, no le fue fácil a Porfirio despejar un sitio adecuado para emplazar el volumen del cofre. Transpiraba, jadeaba, rabiaba y, al par que propinaba al maletón puñetazos y puntapiés, movido por el desesperado afán de enderezarlo y acomodarlo, la lejana musiquita y los berridos de la comparsa lo perseguían, como si se mofasen. De repente, un encontronazo hizo saltar el candado del baúl y la tapa se entreabrió.
Ni la señora Talía, ni Porfidio, ni ninguno de sus huéspedes, había conversado jamás con Salomón Bercov. De mañana, cada cuatro días, el viejo salía para el mercado. Respondía a los saludos, y si alguno intentaba iniciar una charla, lo eludía cortésmente. De cualquier modo, nadie trataba de hacerlo. Se ignoraban tanto sus medios de subsistencia como la ocupación a la cual consagraba su encerrada soledad; eso sí, se lo definía apocado, un tanto inofensivo y un mucho insignificante. Hasta tarde, de noche, permanecía encendida la luz de su habitación, y la gente, que al comienzo tejiera extravagancias vinculadas con su vida, se cansó y lo olvidó. Ya apenas lo veían, cuando se deslizaba, rozando las paredes, camino de la feria, escuálido y desvaído, casi esquelético, los ojos incoloros vacilantes bajo el ala del sombrero informe. Al morir y desaparecer del barrio, fue como si terminara de esfumarse en la bruma.
Y ahora, por casualidad, el baúl de Salomón Bercov estaba frente a Porfirio, en el aislado sótano, entre-abierto.
La tentación de levantar la tapa era grande. Y esa tentación rivalizaba, en el ánimo de Porfirio, con el impulso que lo incitaba a volver a la ventana para descargar desde su altura las postreras bombitas sobre los disfrazados y su alborotada pobreza.
Vaciló entre una y otra atracción (¿el baúl?, ¿la murga?), hasta que la novedosa pudo más y, postergando el placer de empapar a su vecino, estiró ambas manos y alzó la tapa por completo.
Una confusión de chirimbolos, cubetas y frascos de dudoso matiz, rancios libros miserables, piltrafas, andrajos y restos imposibles de clasificar, todo ello salpicado de polvos malolientes, salidos, sin duda, de varias botellitas rotas, colmaba hasta el tope el desagradable depósito. Era evidente que la señora Talía había hurgado en el revoltijo de los bienes de Salomón Bercov, cooperando en su desbarajuste, y que, al no hallar nada digno de su interés, tornó a cerrarlo.
Porfirio repitió los ademanes maternos, y procedió a vaciar el cofre. Rápidamente, gozosamente, volcó en el suelo aquellos pingajos y fruslerías. Algunos libros, al abrirse y caer de bruces, dejaron escapar, como si los desventaran, extrañas láminas con orla de polilla, figuras de serpientes y de dragones, de seres mitad hombre y mitad mujer, de paisajes y plantas que no existen.
Un mazo de naipes, manoseados y sucios, totalmente distintos de los que Porfirio utilizaba para jugar al truco con sus compañeros, se echó a volar huido de la caja por torpeza del muchacho, y sembró el piso, encima de la acumulación de ropas y de cosas, con una nueva serie de pintarrajeadas imágenes fantásticas esqueletos, demonios, sirenas, bufones, personajes de burla o de miedo. Y sobre todo, como una niebla azulosa, nacida de la entraña del baúl,  flotaba el polvillo repugnante.
Ya se aprestaba Porfirio. desilusionado como su progenitora, a abandonar esos despojos y a recuperar la atalaya bombardera del primer piso, cuando advirtió que en el fondo mismo del baúl, confundido con su base tenebrosa, todavía quedaba algo. Hundió las manos en la cavidad y rescató dos prendas arrugadas: un traje, un traje entero; sin solapas la cerrada chaqueta, y estrechos los pantalones: anticuado, estrafalario, lívido de pringues y de chorreaduras; un traje de opaco terciopelo verde.
El hallazgo lo desconcertó, pero al momento vinculó la idea de ese excéntrico atavío con la del carnaval que, afuera, en la superficie, a pocos metros, batía parches, soplaba hirientes cornetas y reiteraba estribillos de indecencia candorosa. Así que, sin vacilar, en segundos, Porfirio se despojó de la escasa ropa que de su osamenta colgaba. Su flaca desnudez brilló brevemente, en la clausura del sótano y, por cierto sin que el muchacho se percatara, gratificó a esa soledad y a esas tristes paredes con una emoción (casi habría que decir con un temblor) resultante de aquella presencia de improviso más vital, muy desvestida y muy joven, aunque es justo consignar que el mozo nada tenía que ver con los básicos cánones de la belleza.
Púsose a continuación el traje de terciopelo verde, feliz, porque convino con exactitud a su altura y proporciones. Arriba, en la pieza que compartía con su madre, aguardaba una careta de Drácula, que días antes había comprado, y calculó que gracias al tapado rostro y a esas ropas absurdas nadie lo reconocería, y que en consecuencia multiplicaría el desconcierto, no sólo entre los de la agresiva comparsa, sino también entre sus amigos del barrio. Encantado al imaginar el éxito de la broma, comenzó a subir la escalera, sacudiendo los hombros, ya que de pronto lo sorprendió la impresión de que la roñosa chaqueta se los oprimía demasiado. Un metro más arriba, se acentuó ese ajuste, y a él se sumó el del pecho y la cintura, increíblemente ceñidos. Cuando lo mismo sucedió con los pantalones, que le trabaron en rigurosa ligadura las largas y magras piernas, el terror de Porfirio le hizo prorrumpir en gritos agudos. Pero la señora Talía, que ahora ocupaba su sitio en la ventana, y de tanto en tanto apuntaba y tiraba una bombita a la calle, no podía oírlo, en medio del estruendo de la murga que la invadía de insultos alegres. Tampoco podía su congestionado hijo aflojar los botones, contra los cuales lucharon sus dedos de quebradas uñas. Por fin cayó, atravesado en la escalera. Saltábansele los ojos de las órbitas, y su lengua de ahorcado, de ahogado, asomaba entre los labios finos.
La señora Talía lo descubrió media hora más tarde, en posición tan irregular. Pensó que el adolescente no lograría la instalación del baúl en el sótano, y resolvió descender y darle una mano. Para sorprenderlo, se sujetó la careta de Drácula y bajó alternando las risas con las exclamaciones exageradamente broncas, que juzgaba propias de un vampiro de televisión. Reía aún, en el momento en que lo encontró, en un recodo de los mal iluminados escalones. La necesidad de amortajarlo obligó a cortar con una navaja el traje de terciopelo verde de Salomón Bercov.

viernes, 17 de febrero de 2017

SÍNTESIS de Pablo CAZAUX

El aguijón se le había clavado arriba de la ceja derecha. Visto en el espejo, sólo era un punto negro que se perdía entre pelos sedosos. No le molestaba ni le dolía, sólo había una sensación extraña de permanencia, de objeto incrustado en la piel. Comprobó con los días, que bastaba pasar levemente la yema del dedo para sentir el bulto y una puntita filosa que asomaba de él. Después, nada. Es decir, mirarse bajo una luz intensa con el espejo delante, hurgar la zona con una aguja caliente, apretar la inflamación para que reviente, se convirtieron en rutinas como peinarse o maquillarse. El aguijón, por decirlo de alguna manera, se había convertido en una parte más de su cara, una exaltación mínima de su gesto que la hacía más interesante. 
Nadie lo había notado. Ni siquiera el médico que, después de observarla con una lente de aumento, le recetó antinflamatorios y hielo aplicado con fuerza sobre la zona afectada. Sin embargo, ella lo sentía, y sentía el latido breve que, cada tanto, la obligaba a parpadear. Cerraba el ojo y lo abría, levantaba la ceja, la masajeaba con la palma de la mano. Porque ese tipo de sucesos ocurrían mientras caminaba o cuando dictaba clases. Nunca sola. Nunca cuando ella pudiera verlo.
Entonces, comenzó a sospechar que los demás sí lo sabían, que fingían no ver su ceja subiendo y bajando sin propósito, como un defecto o una marca de nacimiento, como esos seres que arrastran en su vida un estigma y el mundo hace de cuenta que los ignora. Pero lo poseen, lo cargan, lo llevan con ellos a todas partes y son parte de ellos aunque parezca monstruoso, aunque el aguijón estuviese clavado en el fondo y los pelos de las cejas lo taparan, ella sabía que estaba allí. Y los demás también lo sabían aunque nadie se lo dijera. Era cuestión de observar las emociones, se decía, de mirarlos a los ojos todo el tiempo para saber en qué momento se distraían y subían por su cara hasta detenerse en ese lugar. Podría, entonces, ver el horror escondido y el esfuerzo que hacían por no dejarlo salir.
Le llevó mucho tiempo y mucho trabajo reconocer el punto exacto de la ruptura, de esa inflexión en la que una charla absurda se parte para darle paso a lo otro. Lo supo porque nadie le hacía preguntas ni comentarios. Pero veía la distracción sutil en la que el centro de su existencia pasaba por ese punto negro incrustado en la piel. Así comprobó que, aunque ella no pudiera verlo, todos los demás lo hacían. Con disimulo o sin él, con rodeos y hasta con falsas sonrisas, no había nadie que, en algún momento, no haya levantado la vista para detenerla en su ceja derecha, en esa cadencia con la que el bulto se movía cuando ella no podía ocultarlo. Salir corriendo no era la forma de enfrentar el problema. Es más, su debilidad hubiese quedado al descubierto y sabía que desafiar al otro era su manera de seguir siendo quien era. No podía perder su identidad. No quería hacerlo.
Comenzó a pensar en el insecto que esa tarde la había picado pero desde otra perspectiva. No era el objeto sino el sujeto, comprendió. No era el aguijón en sí lo que empezó a preocuparle sino el bicho repugnante que lo llevaba en sus entrañas. No lo vio porque estaba dormida en el pasto, cansada de comer y medio borracha. Pero podía imaginarlo: marrón, o verde, con alas invisibles, patas imperceptibles, ojos poliédricos. Podía verlo en su memoria y podía verse, tirada en el pasto sobre una manta y el bicho dando vueltas alrededor, buscando el punto exacto donde clavar su estocada. Recordó sí el manotazo feroz y el dolor primigenio. Recordó haber creído que fue parte del sueño aún sabiendo que no lo era. La confusión más inmediata de la vigilia. Y recordó la risa de sus amigos que, tirados como ella, se revolcaban ante el evento. Una fracción de segundo fue lo que duró la comprensión global del hecho. Después, niebla. Ella y sus amigos en un día de camping. Habían salido temprano. Ella estaba mal dormida porque la noche anterior había pasado algo. No se acordaba qué era ni tampoco se acordaban sus amigos. Ella estaba cansada, por eso se durmió en el pasto. Nunca se había dormido así, en la tierra dura, irregular, salpicada de luces y sombras, sin contención. Estaba agotada pero no recordaba por qué. Pensó en huevos y le vino el nombre de Clara a la cabeza. Así anduvo un tiempo, con la certeza de saber algo que no sabía.
Los latidos se prolongaron, se hicieron más notorios. Ya no se producían cuando ella estaba frente a otros sino también en la soledad de su casa. Los veía, veía su ceja subiendo y bajando, su párpado inflamándose ante cada respiración. De nada le servía el hielo ni el antinflamatorio; ya no podía hundir la uña sobre el bulto porque se había convertido en una especie de cayo duro y rojizo. Su cara, vista bajo una lámpara, ya no era su cara. Le había cambiado la expresión. Su sonrisa no era la de antes, ni el llanto descontrolado, ni la furia. El latido se había corrido hacia el costado y bajaba por su cuello.
Clara era el nombre con el que soñaba todas las noches. Clara estuvo allí, en el picnic. Clara no estuvo porque no conocía a ninguna Clara y a nadie que estuviese tan loco como para creer que una vez conoció a un tipo que sólo quería una trompeta. Sin embargo estaban allí, como el aguijón y el latido, como el horror de saberse perdida y sin memoria. Clara, el loco, los huevos. También un bar donde sonaba la música con estridencia. Un lugar que jamás había pisado pero del que día tras día conocía más detalles. Entonces, Clara y el loco y los huevos y el bar. Casi nada del picnic, ni del insecto, ni de la noche anterior, ni de los días posteriores. Ellos y el aguijón que ya se había perdido bajo la superficie y le había ensanchado las cejas, los pómulos, los labios, los pechos. Y la mujer, que en algún momento supo que se llamaba Clara pero ya no lo recordaba. Lo último que pensó esa mañana fue que nunca tuvo allí un aguijón sino un nido. Después, marcó un número y le dijo a alguien que esa misma tarde le compraría esa estúpida trompeta.

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