lunes, 20 de noviembre de 2017

LA CABEZA DE MI PADRE de Alberto LAISECA

¿Por qué estoy aquí? Yo no sé por qué estoy aquí, ni quién es toda esta gente, no puedo entender nada, el personal directivo está vestido de blanco, nosotros con piyamas grises, sé perfectamente que esto es un manicomio, pero no es mi lugar, yo no estoy loco. Ahora, en verdad no sé por qué hice lo que hice, pero eso no quiere decir que esté loco. Lo quería mucho a mi padre, creo que mejor padre no puede tener un hijo que el que yo tuve, era como un gigante de cinco metros de altura, un genio, como un Dios, por tener el padre que tenía era realmente privilegiado, privilegiado…
Vivíamos juntos, yo solo con papá, desde que murió mamá cuando era muy chico, él me daba consejos, muy buenos consejos, era un verdadero padre, daba muy buenos consejos, lástima que yo no podía seguir ni uno, él por ejemplo me decía pero con justa razón:
-¡Oye infeliz!, ya es hora de que estudies o trabajes que ya tienes veinte años, que no puedes seguir viviendo a costillas de tu padre toda la vida.
Tenía razón papá, tenía toda la razón.
-¡Oye!, otros chavales andan detrás de las chavalas, pero no tú, tú te quedas acá todo el día, así nunca me vas a dar un nieto, ya tienes veinte años, eres grande.
Él tenía razón, papá siempre tenía razón, era un genio, todo, todo sabía, yo le quería decir a la muchacha, no me animaba a decírselo, pero cómo voy a hacer para acercármele, hay que conmoverlas, yo no sé cómo conmover a una mujer, si tú a una mujer no la conmueves nunca va a andar contigo por más joven y lindo que seas, y qué las voy a conmover yo que soy un yeso, así, todo apretado, duro, siempre mirando a las chavalas con ojos de huevo frito, si soy un infeliz, les tengo miedo, ¿ustedes no se sienten inseguros?, ¿no? Yo sí, toda la vida.
Papá hacía la comida, era muy buen cocinero, yo no sé ni preparar un huevo frito, yo quise aprender cuando era chico, pero papá se reía de mí y me decía:
-¡Eeeh!, ¡esto no es pa’ ti! La cocina es una cosa de artistas, tú no tienes talento pa’ esto, anda, anda, ¡ve y lava los platos!
Eso sí, les voy a decir una cosa eh, soy muy buen carpintero, porque buen carpintero sí que soy, muy buen carpintero. En casa, en mis ratos libres, que eran los más, pues hacía mesitas, juguetes, sillas y todo muy perfecto, eso lo enojaba mucho a papá, decía:
-¡Tú sí eres bueno pa’ hacer pamplinas!, ya que eres bueno pa’ hacer pamplinas, ¿por qué no te empleas en una carpintería? Así traerías un poco de dinero a casa, ¡pero no!, a ti ni se te ocurre, ¡ni se te ocurre!
Yo me reía porque es algo que me pasa cuando me dan consejos y yo ya había pensado en emplearme en una carpintería, pero bastó que papá me dijese que me empleara en una carpintería para que se me fuesen las ganas, jaja, no sé por qué soy así, se me fueron las ganas.
Yo soy un misterio, incluso para mí mismo, un misterio muy aburrido la verdad, pero misterio al fin, no sé por qué hice lo que hice, pero no estoy loco. Fue ahí donde empecé a pensar en la ballesta, ¿ustedes saben qué es una ballesta? Sirve para tirar flechas, es como un fusil pero sin pólvora, tira flechas con más precisión y más fuerza que un arco.
Yo así en un paseíto que di, vi en una armería que había una ballesta, entré, le pedí al dueño que me la mostrara, la tuve en mis manos y en seguida comprendí el mecanismo, me fui a casa y ahí me fabriqué yo una, con maderas y bronce, soy muy buen carpintero. La probaba en el patio, a diez metros la agarraba a tiros, entonces como siempre todos los días estábamos igual, a comer y después de comer, yo hacía como que me iba a mi cuarto para hacer cosas y él protestaba que “¡ah!, éste que no lava los platos en seguida después de comer, siempre dejando las cosas a lo último”, estaba refunfuñando mi apá y yo volvía a punta de pie a mi cuarto y le apuntaba con la ballesta, no le iba a tirar, ¿cómo le voy a tirar a mi padre?, ¡pues no!, a mi padre no le voy a tirar, pero me excitaba apuntarle a la cabeza con una flecha puesta, ¿cómo le iba a tirar?
Hasta que una tarde, fue un día igual que cualquier otro, él me daba más y mejores consejos que nunca, y no sé por qué le dio por hablar de la Dolores, me dijo:
-¡Oye!, a ti la Dolores te mira mucho, ¿qué esperás para ir y enamorarla?, así me darías un nieto.
La Dolores es una muchacha de acá a la vuelta, es a la que a mí me hubiera gustado acercármele, claro que hubiera tenido hijos con ella, entonces, francamente cuando me dijo eso, ahí se me fueron las ganas de comer, le dije a papá que no tenía más hambre y me fui a mi cuarto y volví con la ballesta, como otras veces él estaba rezongando como siempre:
-¡Eh!, este que no lava los cacharros en seguida después de comer, siempre dejando las cosas pa’ lo último.
Estaba refunfuñando papá, y ahí sí apreté el gatillo, la flecha que tenía puntas de plomo pues yo les hice puntas de plomo, le entró en la nuca y cayó al piso sin ningún gemido, con convulsión… convulsión… no lo podía creer, yo creí que papá iba a vivir para siempre porque un hombre tan alto de cinco metros de altura, una mísera flecha no le puede hacer nada a papá, ¡pues no!, le entró como si fuera una bala.
Me acerqué y vi que todavía estaba vivo, entonces le tiré otras cuatro flechas más en la cabeza, la primera no, la primera sentí una especie de odio y amor, o yo qué sé y no sé por qué, pero las otras cuatro no, las otras cuatro sí lo hice por caridad, por piedad, para que no sufra, para que no sufra, claro.
Entonces me di cuenta que algo no estaba bien, me fui a mi cuarto y traje una almohada, le quité la flecha de la nuca que era la primera, la que había traído tal incordio, y lo puse a reposar, las otras cuatro flechas no se las saqué, tenía como una corona de espinas, y es lo lógico porque para un padre tener un hijo como yo era una verdadera cruz, ¡eso es cierto!, por eso me sorprendió lo que me preguntó la policía, que por qué había hecho una cosa tan rara de sacarle la flecha de atrás y ponerlo boca arriba, pues para que repose, para que esté tranquilo, para que esté más cómodo, para eso lo hice.
Ya hace diez años que me han traído a este lugar, y no comprendo por qué, la verdad, yo siempre quise a mi padre, me daba tan buenos consejos. La cabeza de mi padre, siempre admiré a la cabeza de mi padre, el centro de todo su poder, la cabeza de un genio, la cabeza de un rey, la cabeza de un Dios.

sábado, 4 de noviembre de 2017

DIARIO DE UN AGONIZANTE - XVI de Julio INVERSO


Ella siempre sonríe en mi recuerdo. La sonrisa en su patria. Allí la dejé. Mi sueño y mi recuerdo más antiguo(1982) es su sonrisa. Lo demás son tinieblas y vagas metafísicas. A veces hay un brillo (de los ojos), una mano que viene, refrenada y marítima (hasta podría imaginar que esa mano alcanza mi pelo). Quizás podría reconstruir, con algún esfuerzo, a aquella mujer y tenerla, nueva, y tenderla a mi lado: una mujer hecha de visiones, fervores y anhelos. Pero, al final, ella está quieta en mi recuerdo, cardinal y levemente maligna, inaugurando para mí el amor, cambiándome el curso de la era, mientras sigo a sus pies, hablando del amor, como aquella noche. Su sonrisa me basta. No necesito saber más para seguirla amando. 
Pero ahora, en cambio, está saliendo el sol y me sacudo esos penosos atributos, me despojo y me levanto, a sumarme a la algarabía y al concierto de las pequeñas criaturas.


martes, 24 de octubre de 2017

ALGO REPELENTE de William F. NOLAN

—¿Aún no te has duchado, Janey?
Era la voz de su madre en la planta baja, que flotaba como el humo hacia ella, apenas audible desde su cama.
Más fuerte en ese momento, insistente.
—¡Janey! ¡Contesta!
Se levantó, se estiró como una gata, salió al pasillo, al rellano, donde su madre pudiera oírla.
—Estaba leyendo.
—Pero si te dije que tío Gus vendría esta tarde.
—Le odio —dijo Janey en voz baja.
—Estás murmurando. No te entiendo. —Frustración. Enojo y frustración—. Baja ahora mismo.
Cuando Janey llegó al pie de la escalera, la imagen de su madre ondeaba como el agua. La pequeña cerró y abrió los ojos con rapidez, esforzándose en despejar sus lacrimosos ojos.
La madre de Janey se alzaba ante ella, alta, voluminosa y perfumada con su satinado vestido veraniego.
Mamá siempre parece bonita cuando viene tío Gus.
—¿Por qué lloras?
El enfado había cedido el paso a la preocupación.
—Porque sí —dijo Janey.
—¿Por qué?
—Porque no quiero hablar con tío Gus.
—¡Pero si él te adora! Viene especialmente a verte.
—No, no es verdad —dijo Janey mientras se frotaba la mejilla con su puñito—. No me adora, y no viene especialmente a verme. Viene a pedir dinero a papá.
Su madre se sobresaltó.
—¡Es espantoso que digas eso!
—Pero es verdad. ¿A que sí?
—A tu tío Gus lo hirieron en la guerra y no puede hacer un trabajo normal. Hacemos lo que podemos para ayudarle.
—Yo nunca le he gustado —contestó Janey—. Dice que hago mucho ruido. Y nunca me deja jugar con «Bigotes» cuando está aquí.
—Eso es porque los gatos le fastidian. No está acostumbrado a ellos. No le gustan las cosas con pelo. —La mujer tocó el cabello de Janey. Oro blando—.
¿Recuerdas ese ratón que trajiste la Navidad pasada, qué nervioso puso a tío Gus...? ¿Te acuerdas?
—«Pete» era muy listo —dijo Janey—. No le gustaba tío Gus, igual que a mí.
—A los ratones ni les gusta ni les disgusta la gente —le explicó su madre—. No tienen bastante inteligencia para eso.
Janey meneó tercamente la cabeza.
—«Pete» era muy inteligente. Encontraba el queso en cualquier parte de mi cuarto, aunque estuviera muy escondido.
—Eso está relacionado con el sentido básico del olfato, no con la inteligencia —dijo su madre—. Pero estamos perdiendo el tiempo, Janey. Sube corriendo, dúchate y ponte tu bonito vestido nuevo, el de lunares rojos.
—Son fresas. Tiene fresitas rojas en la tela.
—Estupendo. Ahora obedece. Gus llegará pronto y quiero que mi hermano se sienta orgulloso de su sobrina.
Con la rubia cabeza gacha y arrastrando los taloncitos en cada escalón, Janey subió la escalera.
—No hablaré de esto a tu padre —estaba diciendo su madre, y la voz iba apagándose conforme la pequeña seguía subiendo—. Sólo le diré que te has dormido.
—No me importa lo que le digas a papá —murmuró Janey.
Las palabras desaparecieron como humo en el pasillo mientras la niña se dirigía a su habitación.
Papá creía todo lo que le decía mamá. Siempre. A veces era verdad, lo de dormir más de la cuenta. Era difícil despertar de la siesta. Porque yo no quiero irme a dormir. Porque lo odio. Igual que comer brócoli, tomar pastillas de vitaminas en forma de animalitos de colores, visitar al dentista y subir en las montañas rusas.
Tío Gus la había llevado a una montaña rusa, altísima y pavorosa, el último verano, y Janey había vomitado. A él le gustaba ponerla nerviosa, asustarla.
Mamá no sabía cuántas veces le decía cosas espantosas tío Gus, o le hacía bromas pesadas, o la llevaba a sitios que a ella no le gustaban.
Mamá la dejaba a solas con él mientras iba a comprar, y Janey aborrecía totalmente estar en la vieja y oscura casa de tío Gus. Él sabía que la oscuridad la asustaba. Se sentaba delante de ella con las luces apagadas, le explicaba historias fantasmales, llenas de detalles tenebrosos y atroces, y su voz era empalagosa y horrible. Janey se espantaba tanto cuando escuchaba a su tío que a veces acababa llorando. Y las lágrimas hacían sonreír a tío Gus.
—Gus. ¡Siempre es una alegría verte!
—Hola, hermanita.
—Pasa. Jim está holgazaneando por ahí. He preparado una cena buenísima. Pavo troceado. Y he hecho tortas de maíz.
—¿Y dónde está mi sobrina favorita?
—Janey bajará en cualquier momento. Llevará su nuevo vestido... sólo para ti.
—Bien, vaya; eso es magnífico.
Janey estaba observando en lo alto de la escalera, tumbada en el suelo para que no la vieran. Qué rabia le daba ver a mamá abrazando a tío Gus de aquella forma, siempre que venía, como si hubieran pasado años desde la última visita. ¿Por qué mamá no se daba cuenta de lo malvado que era tío Gus? Todos los amigos de la clase de Janey habían comprendido que él era una mala persona el primer día que la llevó al colegio. Los niños suelen saber inmediatamente cómo es una persona. Igual que aquel viejo miserable, el señor Kruger, de geografía, que obligaba a Janey a quedarse en clase cuando olvidaba hacer los deberes. Todos los niños sabían que el señor Kruger era espantoso. ¿Por qué los adultos tardaban tanto tiempo en comprender las cosas?
Janey se deslizó hacia atrás en las sombras del pasillo. Se levantó. Tenía que bajar... con la ropa de estar por casa. Eso significaría seguramente una zurra en cuanto se marchara tío Gus, pero valía la pena a cambio de no tenerse que poner el vestido nuevo en su honor. Las zurras no hacían demasiado daño.
Valía la pena.
—¡Vaya, aquí está mi princesita! —Tío Gus estaba levantándola por el aire, muy fuerte, para marearla. Ya sabía que ella odiaba los zarandeos. La dejó en el suelo con un ruido sordo. La miró con sus crueles ojazos—. ¿Y dónde está ese bonito vestido nuevo de que me hablaba tu mamá?
—Se me ha roto —dijo Janey, con la mirada fija en la alfombra—. No puedo ponérmelo hoy.
Su madre volvió a enfadarse.
—Eso no es verdad, señorita, ¡y tú lo sabes! Planché ese vestido por la mañana y está perfecto. —Señaló arriba—. ¡Sube otra vez a tu cuarto y ponte ese vestido!
—No, Maggie. —Gus sacudió la cabeza—. Deja a la niña tal como está. Tiene muy buen aspecto. Vamos a cenar. —Pinchó el estómago de Janey con un dedo—. Apuesto a que esa barriguita tuya se muere de ganas de probar un poco de pavo.
Y tío Gus fingió que reía. A Janey no la engañaba nunca; ella sabía distinguir las risas verdaderas de las fingidas. Pero mamá y papá jamás parecían notar la diferencia.
La madre de Janey suspiró y sonrió a Gus.
—De acuerdo, lo pasaré por alto esta vez... Pero creo que la mimas demasiado.
—Tonterías. Janey y yo nos entendemos muy bien. —Miró fijamente a la pequeña—. ¿No es cierto, guapa?
La cena no fue divertida. Janey no pudo acabar el puré de patata, y sólo probó el pavo. Nunca podía disfrutar con la comida si su tío estaba presente.
Como de costumbre, su padre apenas se dio cuenta de que ella estaba en la mesa. Él no se preocupó en saber si llevaba puesto el vestido nuevo. Mamá se ocupaba de esas cosas, y papá de su trabajo, fuera cual fuese. Janey no había averiguado nunca qué hacía, pero él se iba todos los días a cierta oficina desconocida para ella y ganaba dinero suficiente, por lo que siempre podía dar algo a tío Gus cuando mamá le pedía un cheque.
Ese día era domingo y papá estaba en casa para leer el enorme periódico, limpiar el coche y podar el césped. Hacía las mismas cosas todos los domingos.
¿Me quiere papá? Sé que mami me quiere, aunque a veces me zurre. Pero ella siempre me abraza después. Papá nunca me abraza. Me compra helados y me lleva al cine los sábados por la tarde, pero no creo que me quiera.
Por eso ella nunca podría decirle la verdad sobre tío Gus. Papá no le haría caso.
Y mamá, simplemente, no lo entendía.
Después de la cena, tío Gus agarró firmemente de la mano a Janey y la llevó al patio. Después la hizo sentar cerca de él en la gran mecedora de madera.
—Apostaría a que tu vestido nuevo es feo —dijo con frialdad.
—No. ¡Es bonito!
La aflicción de la niña complació a tío Gus. Se agachó, acercó los labios a la oreja derecha de Janey.
—¿Quieres saber un secreto?
Janey contestó que no con la cabeza.
—Quiero volver con mamá. No me gusta estar aquí.
Janey se dispuso a alejarse, pero él la agarró, la atrajo con brusquedad hacia la mecedora.
—Presta atención cuando te hablo. —Sus ojos chispeaban—. Voy a contarte un secreto... De ti misma.
—Pues cuéntamelo.
Gus sonrió.
—Tienes una cosa dentro.
—¿Y eso qué quiere decir?
—Quiere decir que hay algo muy dentro de tu asqueroso estomaguito. ¡Y está vivo!
—¿Eh? —Janey parpadeó: empezaba a tener miedo.
—Una criatura. Que vive de lo que tú comes, que respira el aire que tú respiras, y que ve gracias a tus ojos. —Acercó la cara de la niña a la suya—. Abre la boca, Janey, para que yo pueda mirar y ver qué cosa vive ahí abajo...
—¡No, no quiero! —Se retorció para intentar soltarse, pero él era muy fuerte—. ¡Mientes! ¡Estás contándome una mentira horrible! ¡Mientes!
—Ábrela bien —dijo, e hizo fuerza en la mandíbula de la niña con los dedos de su mano derecha hasta que la boca se abrió—. Ah, así está mejor. Vamos a ver... —Escudriñó el interior de la boca—. Si, ahí. ¡Ahora lo veo!
Janey se echó hacia atrás, con los ojos muy abiertos, francamente alarmada.
—¿Cómo es?
—¡Repelente! ¡Espantosa! Con unos dientes muy afilados. Una rata diría yo. O algo parecido a una rata. Larga, gris y gorda.
—¡Yo no tengo eso! ¡No!
—Oh, claro que sí, Janey. —Su voz era empalagosa—. He visto brillar sus ojos rojos y he visto su larga cola. Está ahí dentro, sí. Algo repelente.
Y se echó a reír. Esta vez de verdad. No era una risa fingida. Tío Gus estaba divirtiéndose.
Janey sabía que él sólo pretendía asustarla una vez más..., pero no estaba completamente segura respecto a la cosa que llevaba dentro. Quizás él había visto algo.
—¿Hay... otras personas con... criaturas... que viven dentro de ellas?
—Depende —dijo tío Gus—. Las criaturas malas viven dentro de las personas malas. Las niñas buenas no tienen ninguna.
—¡Yo soy buena!
—Bueno, eso es cuestión de opinión, ¿no crees? —Su voz era dulce y desagradable—. Si fueras buena no tendrías una cosa repelente viviendo dentro de ti.
—No te creo —dijo Janey, que respiraba con dificultad—. ¿Cómo puede ser verdad?
—Las cosas son reales cuando la gente cree en ellas. —Encendió un largo cigarrillo negro, aspiró el humo y lo expulsó con lentitud—. ¿Has oído hablar del vudú, Janey?
La niña meneó la cabeza.
—Funciona así: un brujo maldice a una persona haciendo un muñeco y hundiendo una aguja en el corazón del muñeco. Luego deja el muñeco en la casa del hombre maldito. Cuando el hombre lo ve se asusta mucho. Convierte en real la maldición al creer en ella.
—¿Y luego qué pasa?
—Su corazón deja de funcionar y muere.
Janey notó que su corazón latía muy deprisa.
—Tienes miedo, ¿verdad, Janey?
—Puede que... un poco.
—Claro que tienes miedo. —Rió entre dientes—. Y es lógico..., ¡con una cosa así dentro de ti!
—¡Eres un hombre malo y muy cruel! —le dijo Janey, con los ojos nublados por las lágrimas.
Y regresó corriendo a la vivienda.
Esa noche, en su cuarto, Janey permanecía sentada en la cama, rígida, abrazando a «Bigotes». Al gato le gustaba entrar allí por la noche y acurrucarse en la colcha, a los pies de la niña, para dormitar hasta el amanecer. Era un plácido gato doméstico, gris y negro, que jamás se quejaba de nada y siempre contestaba con un «miau» de alegría cuando Janey lo cogía para acariciarlo. Después ronroneaba.
Esa noche «Bigotes» no ronroneaba. Captaba las ásperas vibraciones de la habitación, captaba el nerviosismo de Janey. El animal se estremeció inquieto en los brazos de la pequeña.
—Tío Gus me ha mentido, ¿verdad, «Bigotes»? —La voz de la niña reflejaba tensión, incertidumbre—. Míralo... —Acercó más al gato—. No hay nada ahí, ¿verdad?
Y abrió la boca para demostrar a su amigo que ninguna rata vivía allí. Si había una rata, el viejo «Bigotes» metería una pata para cazarla. Pero el gato no reaccionó. Se limitó a cerrar y abrir sus rasgados ojos verdes.
—Lo sabía —dijo Janey, enormemente aliviada—. Si yo no creo que esté ahí, no está.
Poco a poco relajó los tensos músculos de su cuerpo..., y «Bigotes», al percibir el cambio, empezó a ronronear: un suave y tranquilizador sonido de motor en la noche.
Todo estaba bien. Ninguna criatura de ojos rojos existía en su barriguita. De pronto la niña se sintió agotada. Era tarde, y por la mañana tenía que ir al colegio.
Janey se deslizó bajo la sábana y cerró los ojos tras soltar a «Bigotes», que se alejó silenciosamente hacia su habitual rincón de la cama.
Janey tenía muchas cosas que contar a sus amigos.
Era jueves, un día que Janey solía odiar. Un jueves sí y otro no, su madre iba de compras y la dejaba cenando con tío Gus en la casona encantada de éste, con los postigos bien cerrados para que no entrara el sol, y las sombras llenando todos los pasillos.
Pero ese jueves iba a ser distinto, y Janey no se preocupó cuando su madre se marchó y la dejó sola con su tío. Esta vez, pensó la niña, no iba a tener miedo. Soltó una risita.
¡Hasta podía divertirse!
Tras ponerle un plato de sopa delante, tío Gus le preguntó cómo se encontraba.
—Bien —dijo Janey tranquilamente, con los ojos bajos.
—Entonces podrás apreciar la sopa. —Sonrió, tratando de que su apariencia fuera agradable—. Es una receta especial. Pruébala.
Janey se metió una cucharada en la boca.
—¿A qué sabe?
—Un poco ácida.
Gus meneó la cabeza mientras probaba la sopa.
—Ummm... Deliciosa. —Hizo una pausa—. ¿Sabes de qué está hecha?
Janey contestó que no con la cabeza.
Gus sonrió y se inclinó hacia la niña al otro lado de la mesa.
—Es sopa de ojos de búho. Hecha con ojos de búho muerto. Machacados y recién extraídos para ti.
Janey sostuvo la mirada de su tío.
—Quieres que devuelva, ¿verdad, tío Gus?
—Dios mío, no, Janey. —Había un empalagoso deleite en su voz—. Pensaba que te gustaría saber qué estabas tragando.
Janey apartó su plato.
—No voy a vomitar porque no te creo. Y cuando no crees una cosa, no es real.
Gus la miró ceñudamente mientras terminaba la sopa.
Janey sabía que él planeaba contarle otra espantosa historia de fantasmas después de comer, pero no estaba nerviosa. No lo estaba.
No lo estaba porque no habría sobremesa para tío Gus.
Había llegado el momento de su sorpresa.
—Tengo algo que decirte, tío Gus.
—Pues dímelo.
Su voz era aguda y desagradable.
—Todos mis amigos del colegio saben lo del animal que está dentro. Hablamos mucho de eso, y ahora todos lo creemos. Tiene ojos rojos... Es muy peludo y huele mal. Y tiene muchísimos dientes afilados.
—Naturalmente que sí —dijo Gus, con el rostro iluminado por las palabras de la niña—. Y siempre tiene hambre.
—Pero ¿a qué no sabes una cosa? —Prosiguió Janey—. ¡Sorpresa! No está dentro de mí, tío Gus... ¡Está dentro de ti!
Gus la miró coléricamente.
—Eso no es nada divertido, pequeña zorra. No intentes dar la vuelta a las cosas y fingir que...
Se detuvo sin acabar la frase, y mientras la cuchara caía con estrépito al suelo, se levantó de repente. Tenía la cara enrojecida, como a punto de asfixiarse.
—Y ahora quiere salir —dijo Janey.
Gus dobló el cuerpo sobre la mesa, aferrándose el estómago con las manos.
—Llama... Llama al... médico —dijo jadeante.
—Un médico no servirá de nada —contestó satisfecha Janey—. Nada sirve ya de nada.
Janey siguió tranquilamente a su tío mientras masticaba una manzana. Le vio tambalearse y caer ante la puerta, le vio agitarse, con los ojos desorbitados por el pánico.
Janey se detuvo junto a tío Gus y le miró el estómago bajo la camisa blanca.
Algo abultaba allí.
Gus lanzó un grito.
Más tarde, esa noche, sola en su cuarto, Janey apretó a «Bigotes» contra su pecho y musitó en la temblorosa oreja de su gatito:
—Mamá ha llorado —explicó al animal—. Está muy triste por lo que le pasó a tío Gus. ¿Estás triste tú, «Bigotes»?
El gato abrió la boca y dejó ver sus afilados y blancos dientes.
—No lo había pensado... Eso es porque tío Gus te gustaba tanto como a mí, ¿verdad?
Abrazó al gato.
—¿Quieres saber un secreto, «Bigotes»?
El gato cerró y abrió los ojos tranquilamente, y empezó a ronronear.
—¿Sabes, ese viejo malo del colegio..., el señor Kruger? Bueno, ¿sabes qué? —Sonrió—. Yo y los otros niños pensamos hablar con él mañana para decirle que tiene algo dentro...
Janey se estremeció de placer.
—¡Algo repelente!
Y se rió como una tonta.
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